miércoles, 27 de enero de 2016

Mario Alberto Kempes, el Matador

Versión en español del artículo publicado en la revista japonesa Soccer Magazine, en octubre 2004.

El 25 de junio de 1978 marcó para siempre una bisagra en la rica historia del fútbol argentino.
La selección se quedaba con su primera Copa del Mundo de la mano de una figura indiscutida, un goleador implacable, de potencia arrolladora y técnica refinada: Mario Alberto Kempes.
Es una de las estrellas más brillantes que dio la Argentina, un delantero que figura siempre en las listas de los mejores de todos los tiempos. Es ídolo en Europa, respetado en el planeta entero y sin embargo los argentinos le deben el reconocimiento que merece.
Nacido en Bell Ville, un pueblo de la provincia de Córdoba, el 15 de julio de 1954, heredó de su padre la pasión por la pelota. A los 9 años pisó por primera vez la cancha grande y a los 16 ya era campeón y figura en la zona. Con sus 46 goles en la temporada empezó a gestar el apodo de “El Matador”, con el que años después los bautizara un relator, y usando el falso apellido de Aguilera consiguió una prueba en Instituto, uno de los equipos grandes de la capital provincial: hizo 4 goles y la contratación fue inmediata. El jovencito fue fundamental en el equipo que consiguió la clasificación para el torneo nacional de 1973.
Lo que siguió fue todo muy rápido: los goles, las entrevistas, la fama y pase a
Rosario Central, que pagó 130 millones de pesos, una cifra récord hasta entonces. Fue subcampeón en 1974 y hasta que dejó la camiseta azul y amarilla, en agosto de 1976, marcó 100 goles para quedar en el recuerdo como el mayor cañonero del club.
Lo compró el Valencia de España, pero primero los esperaba Buenos Aires para lucir los colores de River Plate y no defraudó: en su primer torneo fue goleador. Fue tan rutilante la actuación del 9 que el fútbol argentino le quedaba chico, y finalmente marchó a tierras valencianas. Hoy, que el marketing eleva la figura de algunos jugadores al pedestal de los idolatrados, la presencia de
Kempes sería un lujo en cualquier institución. Sus números en Valencia impresionan: en el 79 levantó la Copa del Rey ante el poderoso Real Madrid. Fue 2-0 y los goles fueron de su autoría. Al año siguiente conquistó la Copa de Campeones y la Supercopa europea. Sus marcas en la red adversaria lo llevaron dos veces a consagrarse “Pichichi”, como llaman en España al máximo goleador. Y su incursión ibérica le dejó algo más: allí se casó con una valenciana y tuvo 3 hijos.

El grito celeste y blanco
Ya era sinónimo de gol y era un nombre fijo para la Selección Argentina y había participado en Alemania ’74, pero el desafío mayor esperaba con la Copa del Mundo de 1978. Allí los argentinos presenciaron a “su” mejor Kempes: temperamento, garra, habilidad, gol... ¡y campeón! Su personalidad mansa, de buen tipo de pueblo, se hizo evidente tras la final, con dos goles de sello propio para el 3-1 sobre Holanda: “no pensé en la trascendencia de los goles; los grité, por supuesto, pero solamente pensaba en ganar el partido”, declaró, dejando de lado que además de campeón acababa de coronarse artillero del mundial. Su tranquila forma de ser quedó demostrada en la cancha: a lo largo de su carrera en la Selección, nunca fue amonestado ni expulsado. Marcó 20 goles en 43 partidos al mando de César Luis Menotti, con quien volvió a disputar la Copa en 1982. Con sus 18 partidos mundialistas es, detrás de Maradona, el argentino con más presencias. Es un grande de verdad, pero con una humildad que no se ve por estos días: “La verdad, creo que yo le debo más a Argentina, por prestarme la camiseta, que ella a mí. Ponerse la camiseta argentina, o la del que sea tu país, es lo más grande que le puede pasar a un futbolista”, confesó en una entrevista reciente.
En 1981 River lo repatrió y en su último paso por el fútbol de su país volvió a ser campeón. Volvió en 1982 al Valencia y dos años después pasó al Hércules. Los que pensaron que su
carrera estaba terminada se equivocaron: con su experiencia y sus goles, el equipo de Alicante se mantuvo en Primera División. En la última jornada marcó el 1-0 decisivo ante el Real Madrid, en el propio Santiago Bernabeu.

Trotamundos del balón
En 1986 cambió el Mediterráneo por los Alpes y se fue al First Viena, de Austria. En ese país
siguió con el Sankt Polten y en 1990 con el modesto Kremser, donde a los 38 dijo “adiós”. En realidad era un “hasta pronto”, porque su pasión pudo más y en 1995 volvió al fútbol en el Fernández Vial, de la segunda división chilena. Las últimas aventuras eran pintorescas, pero no estaban a la altura de su currículum.
En el ‘93 había tenido un breve regreso al Valencia, donde fue ayudante del técnico Héctor Núñez, pero no resultó: “No tengo ninguna función. Me pagan por no hacer nada, y a mí no me gusta robarle la plata a nadie”, argumentó en aquel momento. Honestidad profunda.
No se desanimó y el ’96 lo encontró en Indonesia, en su doble función de delantero y entrenador del Pelita Jaya. “El dueño del club quería que el equipo jugara como los ingleses, meta tirar pelotazos al área, pero ¿cómo iba a hacerlo, si los jugadores miden un metro y medio...?”, recordó entre risas e indignación.
Los destinos exóticos tuvieron su siguiente contacto en Albania, el país más pobre de Europa, donde vivió una nueva decepción. “Al Lushjna lo preside el hijo de una financiera que quebró, un estafador que se fugó. Ahora espero que me llamen sus sucesores”, explicó cuando lo dejaron solo en un territorio desconocido. Nadie lo llamó y escapó cuando estaba por estallar la guerra civil. Se refugió en su querido Bell Ville, cerca de los afectos, a la espera de un nuevo desafío, que no tardaría en llegar. Esperaba que el teléfono sonara desde Italia o España, pero igual fue feliz cuando lo convocaron desde Venezuela para dirigir a los Mineros de Guayana. Estuvo allí en 1997 y 98 y pasó a Bolivia, donde condujo a The Strongest, uno de los grandes equipos de La Paz. La meta era eludir el descenso pero terminó ganando el torneo Clausura 99 y se metió en la Copa Libertadores. Fue su único título como director técnico.
Tras el paso por el altiplano, su embriagada brújula marcó Centroamérica y se marchó a Costa Rica para entrenar al Santa Bárbara, con más promesas que realidades de parte de los directivos. Duró muy poco y ese año 2000 lo encontró otra vez sobre un avión, rumbo a Marruecos, para una campaña de UNICEF.
El fin del siglo XX lo tuvo nuevamente en Bolivia, ahora como conductor del Blooming, donde obtuvo resultados satisfactorios. Siguió en el país con el Independiente Petrolero, pero tampoco fue muy prolongada su estadía.
Luego vinieron varios proyectos inconclusos en la Serie C2 de Italia, y la Segunda B de España, pero ninguno estaba a la altura de su dimensión futbolística.
Su insólito periplo como técnico parece haber finalizado. Al comenzar la presente temporada del fútbol europeo
asomó su voz con
inconfundible tonada cordobesa en la pantalla de ESPN en español, donde comenta los partidos de la liga de España y aporta a los televidentes todo su conocimiento genuino de este deporte. Por fin, parece haber llegado la hora de merecido reconocimiento internacional para el enorme Kempes.

TRAYECTORIA
Clubes:
1971-1973: Instituto de Córdoba (Argentina)
1974-1976: Rosario Central (Argentina)
1976-1981: Valencia (España)
1981-1982: River Plate (Argentina)
1982-1984: Valencia (España)
1984-1986: Hércules de Alicante (España)
1986-1987: First Vienna (Austria)
1987-1990: Sankt Polten (Austria)
1990-1992: Kremser (Austria)
1995: Arturo Fernández Vial (Chile)
1996: Pelita Jaya (Indonesia)


Goles:
42 en Instituto de Córdoba
97 en Rosario Central
116 en Valencia
17 en River Plate
1 en Hércules de Alicante
5 en Arturo Fernández Vial
Por partidos de Primera división (en los diferentes países) totalizó 276 goles en 494 partidos.

Títulos:
1978 Campeón del Mundo (selección de Argentina)
1978/79 Campeón Copa del Rey (Valencia)
1979/80 Campeón Recopa europea (Valencia)
1980 Campeón Supercopa europea (Valencia)
1981 Campeón Nacional (River Plate)

En la selección:
4 en la Selección Juvenil (1973)
20 en la Selección Mayor (1973-1982)

viernes, 22 de enero de 2016

Maradona - Caradona

El martes 28 de septiembre de 1971 el diario Clarín fue el primer medio que publicó una foto de Diego Maradona, un chico de diez años que hacía maravillas con la pelota en los entretiempos de los partidos de Argentinos Juniors.

En aquella nota breve se aprecia a la tradicional Pintier levitando sobre el pie izquierdo de Diego, las medias bajas, los botines Fulvencito. Pero el periodista que lo escribió (no aparece la firma) tendrá un poco de vergüenza, ya que Maradona es citado como "Caradona", con C.

Aquí la transcripción de aquellas diez líneas, las primeras de millones que luego se escribieron sobre el mejor futbolista argentino de la historia:

Con Porte y Clase de Crack
Es zurdo, pero ya sabe usar la derecha. Diego Caradona, diez años, se ganó aplausos en el entretiempo de Argentinos Juniors vs. Independiente, haciendo gala de una rara habilidad para el "jueguito" con el empeine, y hasta con chanfle. Con camiseta que le queda un poco holgada y el flequillo que no lo deja ver, Dieguito, parece escapado de cualquier baldío porteño de "los de antes". La duerme, la levanta con doble pisada y tiene todo el porte del jugador nato. No parece un pibe de hoy, pero lo es, y con este amor tan argentino por la pelota, nuestro fútbol nunca dejará de nutrirse de grandes jugadores.

Una columna con un error histórico, pero con un valor incalculable.

martes, 19 de enero de 2016

El fútbol en el Vaticano


La Ciudad del Vaticano es uno de los nueve estados soberanos que no forman parte de la FIFA. Es el país más pequeño del mundo, apenas si ocupa menos de medio kilómetro cuadrado en plena Roma.
El 20% de su territorio se lo lleva la Basílica y la Plaza de San Pedro, así que pensar en una cancha de fútbol es una utopía, pero sí se puede jugar puertas afuera.

En 1972 Sergio Valci, funcionario del Fondo de Asistencia Sanitaria de la Santa Sede, creó la Attività Calcistica Dipendenti Vaticani (ACDV, la "federación") y en ese mismo año se disputó el primer campeonato, entre doce equipos.

La ACDV cuenta con unos 250 afiliados, entre jugadores y dirigente. Desde 1985 se disputa también una copa "nacional" y desde 2007 los ganadores de los dos torneos se enfrentan en la Supercoppa Vaticana.

La liga interna la componen equipos formados por sacerdotes y trabajadores de las diferentes instituciones. ¿Cuáles son estas escuadras? La Guardia Suiza, el Museo Vaticano, el Correo, el Servicio Técnico, la Gendarmería, la Radio Vaticana y el diario Osservatore Romano, por nombrar a algunos. Se juega cuando se puede, o mejor dicho “cuando Dios manda”, ya que las actividades religiosas son la prioridad del estado.

LA SELECCIÓN
La población del Vaticano apenas sobrepasa los 900 habitantes, pero no hay nativos, obvio. Así y todo, puede presumir de tener su propia selección "nacional", conformada por empleados y religiosos del Vaticano. La ACDV es responsable también de armar este seleccionado tan particular, sin jugadores nacidos en este territorio tan pequeño que ni puede tener su propio campo de juego: hace de local en la cancha Cardinale F. Spellman, del Oratorio di San Pietro, en Roma.

El debut internacional se produjo en 22 de noviembre de 1994, con un 0-0 frente a San Marino, en Roma. Su mayor victoria llegó el 3 de febrero de 2006, también "en casa", con un 5-1 sobre el modesto y amateur Sportverein Vollmond, de Suiza.

Los partidos más serios, que ya son casi un clásico, los disputa ante el seleccionado de Mónaco. Los del Principado están ejerciendo una incipiente paternidad: en 2013 vencieron 2-0 en Cap-d'Ail, Francia, y en 2014 repitieron el mismo resultado en Roma, con la cúpula de la Basílica de San Pedro de fondo:
Mónaco y Vaticano, en 2014
CLERICUS CUP
Desde 2007 se celebra cada año la Clericus Cup, un torneo organizado por el Centro Sportivo Italiano (CSI) en el que compiten equipos de los Colegios romanos, que son seminarios de la Iglesia Católica con sede en Roma. En la edición de 2010, por ejemplo, participaron jugadores de 65 países, la mayoría de ellos son seminaristas (y algunos sacerdotes también) brasileños, mexicanos, estadounidenses y, por supuesto, italianos.

Los equipos de la Clericus Cup.
Fue creada por el cardenal secretario de Estado, Tarcisio Bertone, con el objetivo de "revitalizar la tradición del deporte en la comunidad cristiana" y en el Vaticano la consideran "el equivalente clerical de la Copa del Mundo", para proporcionar un ámbito de competencia atlética amistosa entre los miles de seminaristas que estudian en Roma.

Papa Francisco
Aunque sea imaginable un juego amable, libre de violencia, la realidad muestra que se trata de un torneo muy competitivo, donde no faltan las marcas férreas. Pero imitando al rugby, además de estimular el fair-play luego de cada partido se organiza un "tercer tiempo" bautizado como fair-pray (oración limpia) en el que los jugadores de ambos equipos además de saludarse tras el pitazo final se junta en la mitas de la cancha para una rezo de acción de gracias.

"El papa Francisco es mi capitán" fue el lema adoptado para la edición 2014, en la que 16 equipos compitieron por el ya tradicional trofeo del  Saturno, ese sombreo de ala ancha usado por el sumo pontífice.

El actual campeón es el Pontificio Collegio Urbano, que venció 2-1 en la final 2015 al Mater Ecclesiae. Una lista de los equipos y sus colores aquí.


TODOS LOS CAMPEONES
2007 Redemptoris Master
2008 Mater Ecclesiae
2009 Redemptoris Master
2010 Redemptoris Master
2011 Pontifical Gregorian University
2012 Pontifical North American College
2013 Pontifical North American College
2014 Collegio Urbano
2015 Collegio Urbano

jueves, 14 de enero de 2016

Fútbol por la paz en Chipre

Soldados de 19 países velan por la paz en Chipre. El fútbol es la principal actividad recreativa entre los militares, un lenguaje común para los cascos azules de la ONU. FIFA magazine los visitó.

Artículo publicado en FIFA Magazine, en febrero de 2006.
Por PABLO ARO GERALDES

Son las 11 de la mañana y el sol de Chipre cae como una brasa sobre Skouriotissa. Allí, en la línea de 180 kilómetros que divide la isla entre el sur griego y el norte invadido por Turquía, está el Campo San Martín, base de los cascos azules argentinos. Su función, como la de los soldados de 19 países que integran la dotación de las Naciones Unidas (ONU), es velar por la paz de los chipriotas. Pero esta mañana es distinta. Más allá de los patrullajes fronterizos, todos hablan de fútbol, de un partido de fútbol.

Un vehículo parte de la base hacia el Área Protegida de las Naciones Unidas (UNPA) de Nicosia, la capital. No traslada pertrechos militares ni tropas: lleva camisetas de fútbol. Al llegar, junto a la base operativa de los helicópteros, una máquina de riego le da más verde a una cancha que contrasta con el paisaje árido del centro de Chipre.

El fútbol es la principal actividad recreativa entre los militares, un lenguaje común para estos hombres de orígenes tan diferentes, y este mediodía la expectativa es enorme: en minutos, cascos azules de Gran Bretaña y Argentina se enfrentarán con un balón de por medio, en un clásico que atrapa, aunque no están David Beckham y Juan Román Riquelme de un lado y otro.

Pero hay un dato extra que no puede olvidarse: estos militares que hoy custodian juntos la paz en esta isla del Mediterráneo, en 1982 fueron enemigos en la Guerra de las Malvinas. Por esos tiempos, la mayoría eran niños, pero todos conocen la historia. La guerra separa a los hombres y el fútbol los une, y todos lo saben; por eso, por más que el recuerdo del confl icto bélico esté presente, los soldados apelan al buen humor y la camaradería.

EMPIEZAN LOS GRITOS
Está todo listo. Un militar inglés será el árbitro y dos argentinos los asistentes, pero con una particularidad: están atentos a las bandas pero vestidos con sus uniformes de combate.
Se saludan todos, posan juntos para las fotos y bromean. El fútbol puede elevar el rango: en el ejército británico, Steve Archer es cabo, pero en la cancha lleva el brazalete de capitán. Además, Archer domina bien el balón y lo hace notar de entrada, porque los británicos dominan el juego con amplia libertad. Los argentinos tienen una excusa: doscientos de sus hombres acaban de llegar desde Buenos Aires después de 19 horas de vuelo. Entre ellos hay varios integrantes del equipo, mientras la otra parte de la formación tiene la mente en otra cosa: piensan en el partido, sí, pero más en sus familias, a las que reencontrarán en pocos días luego de seis largos meses en Chipre al servicio de las Naciones Unidas.

Los capitanes, Juan Mujica
y Steve Archer
El soldado Federico Bernal, del Hospital Militar, es el improvisado arquero argentino y tiene varios sustos hasta que a los 6 minutos sufre el primer gol. Los de camiseta azul se ponen nerviosos y empiezan los gritos, especialmente del teniente del regimiento de paracaidistas, que para la ocasión lleva en su espalda la responsabilidad que le da el número 10 y la cinta de capitán.

Promediando el primer tiempo los argentinos empatan: el sargento de caballería Osmar Ramos-Luto concluye una gran jugada desde fuera del área y el ánimo se renueva. Desde fuera, cascos azules australianos, peruanos y eslovenos le gritan “Maradona”. Los sudamericanos se animan a tocar el balón por lo bajo y el juego gana en emoción. Antes del descanso, el infante de marina Sebastián Livedinsky marca el 2-1 con una jugada colectiva que concluyó desde fuera del área.
Pero los británicos juegan mejor y el capitán argentino aprovecha el descanso para una reprimenda: “Cuando nos ponemos el uniforme militar respeto los grados, pero en la cancha no me importa nada: corran, dejen el alma en la pelota, tenemos que ganar”.

UN FINAL DIVERTIDO
Los gritos y la arenga surten efecto. Luego de consumir litros de agua fresca, los veintidós vuelven al campo de juego. Con más calor, el partido se vuelve más lento, pero más atractivo. A los argentinos les bastaron 45 minutos para “conocerse” y el juego colectivo empieza a dar frutos: tres goles para sellar un definitivo 5-1, con dos buenos goles del “enojado” Juan Mujica, el capitán.
Los Cascos Azules custodian
la paz en Chipre y velan por
el fútbol bien jugado.
El final es muy divertido: ganadores y derrotados se saludan con abrazos. No intercambian camisetas, porque son prestadas y deben devolverlas, la disciplina militar ante todo. Uno de los sacerdotes, el capellán argentino, se acerca a saludar al voluminoso talento inglés, el cabo primero Chris Bracegirdle, le extiende su mano y le dice: “ésta es la mano de Dios”, y todos estallan en una carcajada. La referencia al partido Argentina- Inglaterra jugado en la Copa Mundial de la FIFA en México 1986 es permanente. Con buen humor, claro.

Más tranquilos, dialogan juntos sobre fútbol: “El fútbol une a todas las naciones, debe ser un ejemplo”, dice Bracegirdle. Su compañero, el soldado Craig Earley agrega: “El idioma del fútbol es universal y va mucho mas allá de la política, la religión o la raza de los pueblos”. El dato es conocido: mientras las Naciones Unidas agrupan a 191 países, la familia del fútbol suma 207 miembros; el poder de unión del deporte rey es fantástico.

TODOS GANARON
Lucas Filippi es capitán del Ejército Argentino y uno de los promotores de este tipo de partidos: “Sirven como entretenimiento, para diversión y para estrechar vínculos. Argentinos y británicos tuvimos una guerra hace menos de un cuarto de siglo, pero hoy podemos trabajar juntos por la paz”. “Cuando se juega al fútbol se dejan de lado todas las diferencias”, dice el soldado Gavin West, y su compañero Daz Holland agrega: “Los problemas políticos de Chipre no los va a solucionar el fútbol, pero sus pueblos se acercarán mucho más si lo practican juntos”.

No está lejos de la realidad. Los greco-chipriotas festejaron como propia la conquista de la EURO 2004 y los turco-chipriotas enloquecieron con Hakan Sükür y compañía en la Copa Mundial 2002. El fútbol es un probado lazo de unión para estos pueblos sumamente apasionados. Y de las puertas del cuartel militar hacia afuera, la idea se extiende: en julio pasado, el departamento de Asuntos Civiles de la ONU promovió el primer partido entre gente de ambos sectores de la isla, en la localidad de Pyla.

Fue la primera vez que griegos y turcos jugaron juntos desde que fueron separados en 1968, y la experiencia continuará con equipos mixtos de niños; ellos no comprenden los temas políticos, étnicos y religiosos; para los pequeños, cualquier niño con una pelota es un amigo en potencia. Fue un punto de partida. El fútbol puede lograr lo que décadas de esfuerzos militares y diplomáticos no pudieron.
Muy pronto volverán a enfrentarse, en un estadio turco-chipriota. En el partido jugado en Pyla terminaron 2-1, y el australiano Garth Hunt, Alto Comisionado de las Naciones Unidas, entregó el trofeo. ¡Ah! ¿Y quién ganó? Esta vez ganaron todos.
Cascos Azules británicos y argentinos unidos por el fútbol.

sábado, 9 de enero de 2016

Los hombres no lloran

El mandato social dice "los hombres no lloran". Tomo esta nota publicada en El País en octubre de 2010 sólo para acompañarla con estas fotos que desmienten al título.
Lo raro ya no es que un líder derrame lágrimas de tristeza o alegría en público, sino la reacción machista e hiriente. El reto es que los chavales se liberen del miedo a sentir.

"La gente me observa. Aun así lloro. Tengo el hombro de Dios para llorar. Y lloro mucho. Lloro mucho en mi trabajo. Apuesto a que he derramado más lágrimas de las que usted puede contar". Con esta naturalidad contaba en una biografía el entonces político más poderoso del mundo, George W. Bush, su facilidad para el llanto.

Miguel Ángel Moratinos no está solo. Ni mucho menos. Pero el escritor Arturo Pérez-Reverte le zahirió por llorar al despedirse como ministro de Exteriores, un cese inesperado: "Por cierto, que no se me olvide. Vi llorar a Moratinos. Ni para irse tuvo huevos", escribió el novelista en su Twitter el sábado a las 20.25. Y claro, los internautas reaccionaron. Noventa y tantos lo rebotaron de inmediato. Y él respondió a las dos horas con una retahíla de perlas : "No se es menos hombre (hablamos del ministro Moratinos) por llorar. Nadie habla de eso" (a las 22.49), "A la política y a los ministerios se va llorado de casa" (22.52) o "Moratinos, gimoteando en público, se fue como un perfecto mierda" (22.53). Y el tema se convirtió en la sensación del momento en la red de microblogs. ¿Cómo gestionan los hombres sus sentimientos? ¿Cada vez se acepta mejor el llanto masculino en público? ¿Y la expresión de otras emociones? ¿El cambio ha llegado a la política? La tradición pesa. Ya lo decían The Cure en Boys don't cry o Miguel Bosé en Los chicos no lloran. Y mucho antes, según una leyenda, se lo dijo a Boabdil su madre cuando abandonaban Granada tras la derrota: "No llores como una mujer por lo que no has sabido defender como un hombre". La tradición pesa, ahí está Pérez-Reverte, pero las actitudes cambian.

Erick Pescador Albiach, sociólogo experto en cuestiones de género, da un ejemplo de anteayer, de un grupo de discusión con adolescentes varones de 13 a 16 años en Sagunto (Valencia). El llanto fue uno de los asuntos tratados. "Reconocen que lloran, que lo hacen en presencia de amigos, por ejemplo. Y que lo admitan, que lo digan ante otros chavales... era impensable hace 10 años", asegura este especialista que da talleres en escuelas desde hace una década."Lloran pero con límites ¿eh? El límite anteayer era que los demás les consideren blandengues, mariquitas", cuenta. Persiste el miedo a parecer menos hombre. David Bustamante, con sus frecuentes llantinas en la primera edición de OT, "fue un cambio cósmico para los adolescentes", recalca este experto. Lo solía poner como ejemplo ante los estudiantes. Ahí estaba Bustamante, un hombre, un albañil, que se permitía el lujo de llorar en aquel programa que le descubrió como cantante. "Dejé de ponerlo como ejemplo cuando empezó a pegarse", explica.

El reto para Pescador es "conseguir que los chavales se liberen del miedo a sentir, porque así serán más libres, porque las emociones no debilitan a los hombres sino que les fortalecen". Este experto opina que el que un varón exprese en público ciertos sentimientos está mejor visto hoy, siempre y cuando la gente que representa el modelo de poder tradicional masculino -"como Pérez-Reverte", dice- no se sienta amenazada.

Moratinos es solo el ejemplo más reciente. "Es que los hombres también lloran", les dijo a sus compañeros socialistas el sábado pasado sobre sus lágrimas en el Congreso de los Diputados. Y tanto que lloran. Ahí van unos cuantos ejemplos que han dado la vuelta al mundo: el brasileño Lula da Silva lloró sin consuelo cuando Río de Janeiro ganó los Juegos Olímpicos de 2016 . Y no pudo contener el llanto por dos veces en una entrevista televisiva este verano. "Creo que estoy mayor", comentó al final. Un lagrimón sobre la mejilla de Bush hijo, en el homenaje póstumo a un héroe de una guerra, la de Irak, que él empezó -un uniformado que se echó sobre una granada para salvar a sus compañeros- fue portada en 2007. Barack Obama lo hizo al recordar a su abuela Madelyn, muerta horas antes, justo la víspera de ganar las elecciones. El príncipe Federico de Dinamarca no paró de llorar el día de su boda; por fin se casaba con Mary Donaldson, que, por cierto, no derramó una lágrima. El llanto, en la victoria y también en la derrota (y esto es menos frecuente en el deporte), es una seña de identidad del tenista Roger Federer . La Copa del Mundo convirtió a Iker Casillas en un mar de lágrimas. El presidente afgano, Hamid Karzai, lloró hace menos de un mes en un discurso televisado al explicar que si el país se pone aún más peligroso quizá tenga que enviar a su hijo Mirwais, de tres años, a vivir al extranjero. O el entonces primer ministro libanés, Fouad Siniora, en una reunión de ministros árabes en Beirut en plena guerra contra Israel.

Suma y sigue."Debemos normalizar y no montar el espectáculo cuando un ministro llora al irse", argumenta Gaspar Hernández, periodista, escritor y presentador del programa Bricolaje emocional de la catalana TV3. Y explica por qué: "Porque cuando se está triste se llora. Y si se está alegre se ríe". Puede sonar a obviedad pero se ve que no lo es. Explica que contener el llanto "es cultural". "Es reprimir una emoción. Y para tener salud emocional es necesario gestionar y canalizar las emociones de modo adecuada". Sostiene que los españoles tienen mucho que mejorar. E Insiste: "No somos menos hombres por llorar ni somos más hombres por insultar o usar violencia verbal".

Frente al ejemplo de Federer, quien a ojos de muchos es un tipo entrañable gracias a su llantina, este periodista recuerda el ejemplo de John McEnroe, que hacía exhibicionismo de su ira mal canalizada al destrozar raquetas. Advierte que una cosa es llorar cuando te lo pide el cuerpo y otra muy distinta es "exhibir las emociones sin sentido". Pone de ejemplo al casi eterno presidente del Barça Josep Lluís Núñez, "que convirtió el llanto en una marca de la casa, que lloraba para hacerse querer más. Y esa ya no es una gestión correcta de las emociones".

Ejemplos españoles también hay, por supuesto: Manuel Fraga lloró a lágrima viva al visitar Manatí, Cuba, donde se conocieron sus padres y él vivió de crío. El alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, no pudo evitar las lágrimas (y mira que se esforzó) al elogiar al veterano Fraga en 2007. El recién fallecido Manuel Alexandre lloraba a menudo. Javier Bardem también lo hizo, y a raudales, en la puerta de la sala donde se leyó el fallo que le dio la Concha de Plata en el festival de San Sebastián en 1994, o Alfredo Landa al recibir el Goya honorífico en 2008.

"Pérez-Reverte es una mina de comentarios machistas y misóginos, de defensa del hombre de siempre, del energúmeno de siempre", dice de entrada Hilario Sáez, miembro del movimiento Hombres por la Igualdad. No es, para nada, el único que lo opina. Sostiene que tiene "tirón en el sector masculino tradicional". "Pero el resto de la sociedad estamos hartos de gente tan procaz y zafia empeñada en los estereotipos". Para Hernández, uno de los promotores de la primera manifestación de hombres contra la violencia machista, en 2006, "lo que no nos permiten enseñar a los hombres es la vulnerabilidad". "El mundo masculino es un mundo de depredadores. Se pueden mostrar sentimientos pero en la dirección socialmente aceptada".

Eso nos lleva al terreno del deporte, a los futbolistas. "Puedes tocar a otro, tirarte encima de los compañeros cuando ganas. Pero no puedes llorar si pierdes. Si muestras vulnerabilidad, la gente te señalará como perdedor". Al sociólogo Pescador le parece que considerar los achuchones entre deportistas como reflejo del cambio es contraproducente. "Me parece contradictorio porque son cariñosos [en las celebraciones] tras ser extremadamente violentos [en el terreno de juego]".

viernes, 8 de enero de 2016

Un rebelde querible: Garrafa Sánchez

Este 8 de enero se cumplen 10 años de la muerte del querido Garrafa Sánchez. Como recuerdo, esta entrevista en El Gráfico:

Talentoso, impulsivo y atorrante cabal, Garrafa es uno de los grandes personajes del ascenso y el niño mimado de la hinchada de Banfield. Creció en una villa y llegó a estar a prueba en el Boca de Bilardo, pero el fútbol grande lo tiene sin cuidado y sueña con retirarse en su amado Laferrere.


Artículo publicado en la revista El Gráfico, en febrero de 2001.
Por PABLO ARO GERALDES Y DIEGO MELCONIAN


La tarde de febrero se pone a cada minuto más pesada. El cielo del sur del Gran Buenos Aires amenaza descargar la tormenta demorada y, en la cancha, la reserva de Banfield lucha para levantar un tempranero 0-1 ante J.J. Urquiza. Entre los suplentes, recuperándose de una lesión, se destaca el volante José Luis Sánchez, Garrafa, el preferido de los hinchas. Un taco, un caño, un codazo… Para él no hay amistoso, ni pretemporada que valgan; “no me gusta perder a nada”, recalca, y se le nota. Después de una gran jugada personal, consigue el empate y se lo dedica con fiereza al árbitro. El grito retumbó fuerte en el estadio casi vacío y el desenlace fue previsible: afuera.
“Siempre fui así, siempre jugué igual. En el potrero, en Laferrere y ahora en Banfield, ¿por qué voy a cambiar? No me va a cambiar nadie”, se justifica.
-Pero por sobre el resultado, sos un tipo al que le gusta jugar. No se entiende…
-Como todos, quiero ganar, pero si tengo que tirar un caño, lo tiro, no tengo problemas. Aunque vaya ganando o perdiendo lo tiro igual.
-¿Nunca pensaste en que podías perjudicar a tus compañeros?
-No, porque me fue siempre bien. Tampoco voy a tirar cien caños… tiro unos diez y por ahí me salen seis o siete. Pero voy para adelante, no es que los tiro y me quedo ahí ni en lugares de la cancha donde ponga en peligro al equipo, eso sería una boludez. Los hago más llegando a los córners; nunca tiro caños al pedo.
-¿Qué sensaciones te deja un caño bien tirado?
-Es una alegría por la gente a la que le gusta el buen juego. Hoy no hay muchos jugadores que se animen a tirar caños o tacos, pero quizá no lo hacen por miedo a que les digan algo. Todos los jugadores creen que cuando les tirás un caño los estás cargando, y no es así. Que me tiren un caño a mí. Y si vamos perdiendo se los tiro igual. Es raro, se critica que uno tire un caño, pero no al que te pega una patada en la nuca.
-¿Falta más gente con esta firmeza de convicciones en el fútbol?
-El futbolista habla de la importancia de la concentración, de lo que tiene que hacer en el partido, y yo no. Yo no pienso, vengo a jugar, a divertirme. Hago la entrada en calor y estoy bailando, estoy jodiendo. Yo siento que el fútbol es así, que tenés que demostrar lo que sabés y si sabés jugar tenés que estar tranquilo. Ahora hay jugadores que están nerviosos, les duele la cabeza, pero porque están constantemente pensando en el partido. No hay que pensar mucho en el partido, hay que jugarlo. Cuando estás adentro de la cancha son once contra once.
-Y ahí no cambia el tema de la camiseta, ¿es lo mismo un equipo grande que uno chico?
-Yo jugué en El Porvenir, que es un equipo chico dentro de la divisional y hacía lo mismo. Gracias a Dios fui uno de los mejores jugadores de la categoría y me trajeron a Banfield para que haga lo mismo; si lo cambio soy un boludo, esa es la verdad. Si un equipo te trae es porque te vio jugar; en el Nacional B hice 18 goles, no tengo que cambiar.

El ambiente del fútbol de los sábados lo conoce y reconoce. Desde sus comienzos en Laferere, su ascenso por El Porvenir y su presente en Banfield. Pero en octubre del 96 la vida le hizo probar de cerca el sabor de la Primera, y en un grande. Una oportunidad que no volvió a repetirse.
“Con Laferrere fuimos a jugar un amistoso contra Boca en Ezeiza –recuerda-. El domingo Boca ganó y Bilardo, por cábala, pidió jugar otra vez con nosotros. Anduve bien y me ofrecieron entrenar con ellos. El tema es que no tenía con qué ir hasta allá, porque no hay colectivos, me mandaba con mi moto, una CBR 600. Un día, por la autopista, pasé por la lado de la camioneta de Pumpido, que llebava a Bilardo. Me vieron y como había una cláusula que les prohibía a los jugadores andar en moto, al día siguiente me dijeron no fuera más. Yo sabía que no podía andar en moto, pero, ¿iba a ir a dedo? Por eso digo que no me arrepiento”.
-¿Pensaste que estabas jugando con fuego? ¿Qué podías perder tu gran oportunidad?
-No, porque si no iba en la moto, directamente no iba. No tenía otra. Trataba de ir más temprano, antes de que llegue el micro, para que no me vea nadie…
-¿A cuánto ibas ese día?
-Y ligero… a ciento y pico.
-¿Largaste las motos?
-A los seis meses. Me ofrecieron un Fiat Uno y lo cambié por la moto. Después no me subí nunca más.
-¿Por la comodidad del auto o por la responsabilidad?
-No, me encantan las motos y más adelante voy a volver a tener una. Además mi nena tiene 9 meses y no podría llevarla.
-¿En qué otras cosas te cuidás?
-Vino no tomo nada, pero porque no me gusta, no me cae bien. Quizá alguna cervecita con los compañeros, pero nada más. Ahora, si me invitan a un asado, me puedo comer cinco chorizos, en eso no me fijo.
-¿Estás marcado?
-Un poco. Cuando llegué a Banfield lo primero que me dijeron fue “ojo con las motos” y que no me haga expulsar.
-¿En el potrero eras igual que ahora?
-No jugué mucho. Estaba en los campeonatos de chicos, pero hasta los 13 ó 14 años. Después empecé en Laferrere y los mismos amigos del barrio no me dejaban jugar. Por eso no fui más, sólo para verlos. Como los grandes sabían que yo estaba en el club, me cuidaban porque era el único del barrio que iba a llegar a Primera.
-¿Te daba bronca que te cuidaran?
-No, yo mismo estaba decidido a no jugar. Ni siquiera llevaba la ropa, porque si no, empezás a jugar, te entusiasmás y terminás con una patada que no te deja entrenar en el club. En esos partidos te pegan mucho, con mala leche. Y encima por dos mangos.
-¿Eran torneos por plata?
-Sí, campeonatos-campeonatos. Todos quieren ganar y te matan. Se agarran a piñas, vale todo. Ahí ganás de guapo. Mi hermano Adolfo juega en esos torneos… ¡es un boludo! Un día se fue a probar en la cuarta de Laferrere y quedó, pero después no fue más. No quería entrenar…
-¿Esos años de potrero te curten para jugar en Primera?
-Sí, porque agarrás mucha experiencia, jugás contra tipos duros, no hay referí que te proteja. Te tenés que aguantar todo lo que venga. Pero es lindo, no digo que no. A veces me prendo, en un casados contra solteros, pero entre amigos, no más, sin compromiso. Porque cuando jugás por plata, nunca falta alguno que dice: “aquel juega en Laferrere”, y todos te van a buscar a vos.
-Hablás de tu hermano. A vos, ¿te gusta entrenar?
-Y…
-¿Y qué pasa?
-No le saco el lomo, pero me cuesta. Sé que tengo que venir todos los días y vengo. Es mi trabajo y me la tengo que aguantar.
-Antes no te importaba nada. ¿Qué te hizo ver estas responsabilidades?
-Cuando nació Bárbara, mi nena, empecé a ver otras cosas. Acá, en Banfield, en la B Nacional, es otro mundo, pero el que la sufrió como yo la sufrí en Laferrere y El Porvenir, se da cuenta que esto no hay que perderlo, porque para mí esto es de primera. Y si lo pierdo tengo que volver a un club chico y no quiero sufrir otra vez.
-¿Qué sufrías jugando en Laferrere?
-Yo soy hincha de Laferrere, nací ahí. Pero me debían cinco meses, tenía que mandar cartas documento. Era quilombero, salía en los diarios por pelear mi plata. Terminaban depositándomela porque no me querían dejar libre. En Banfield, por ahí estás dos meses abajo, pero por cómo está el fútbol argentino, no es nada. Acá te tratan como a un jugador, tenés la ropa lista… Sin ir más lejos, en El Porvenir teníamos que llevarnos la ropa para entrenar, bañarnos con agua fría. Y no quiero que eso me pase de vuelta.
-¿No pensás en jugar en la A?
-Me gustaría quedarme, a menos que me salga algo como lo que apareció en diciembre, una oportunidad de ir a Corea. Si me sale algo así, me tengo que ir, porque quiero asegurarme el futuro.
-¿Por qué siempre en clubes del ascenso?
-Estuve un par de días en Ferro, pero no estaba con ánimo de jugar. Mi viejo estaba muy enfermo y eso me sacaba las ganas. Además hubo unos problemitas de plata. Después, encontré a mi viejo tirado, y enseguida dejé de entrenar. Pero eso nadie lo ve. Para criticar hablan todos, pero esas cosas que uno sufre, nadie las contempla.
-¿Te sentís en deuda por no haber jugado en la A?
-Tengo muchas ganas, pero tampoco pretendo ir regalado. Prefiero estar en un club como Banfield y jugar antes que ir a un plantel de Primera y estar de relleno en el banco. Yo quiero jugar, aunque tenga que hacerlo en la C. Es feo estar en el banco.
-¿Y no te quedan las ganas de demostrar que podés dar más?
-No digo que no, pero no se me dio llegar a un equipo bueno para pelear a mitad de tabla. Estuve en Ferro, que estaba descendido, sufriendo con todos los chicos… En Banfield puedo pelear el ascenso y es más competitivo que estar en Primera y perder todos los domingos y no cobrar.

La B Nacional volvió y Banfield está prendido en la lucha por retornar a Primera A.
Garrafa, con contrato hasta junio, seguirá ofreciendo ese toque mezcla de elegancia y de atorrante, el mismo que aprendió en los años duros de la villa La Jabonera, en La Tablada.
-¿Cómo es curtirse en una villa?
-Viví ahí hasta los 13 años, pero entonces no había todas esas cosas que hay ahora, como la droga, era distinto.
-¿Seguiste viendo a tus amigos de entonces?
-Todos esos chicos que se criaron conmigo, lamentablemente, ya no están, por cosas que pasan en la villa. Se los llevó la falopa, o la policía…
-¿Sentís que se discrimina a los villeros?
-Sí, mucho. En la villa hay gente que viene de otros países o del interior a pelearla, a laburar y pagan el pato por los otros, porque también hay mucha gente mala. El barrio cambió mucho.
-¿Y a vos cómo zafaste?
-Tenía a mis viejos que me hablaban todos los días. Y nos fuimos justo a tiempo, cuando tenía 13 años. Gracias a Dios, nunca tuve contacto con la droga y todo eso. Después, ya en las inferiores, los partidos son los domingos a la mañana, por eso no podíamos salir a bailar, a joder los sábados. Si hubiera hecho todo eso, me cagaba en el esfuerzo que hacía mi viejo para que yo pudiera jugar al fútbol. Además, a los 14 años conocí a Alicia, la que hoy es mi señora; me puse las pilas.
-¿Cómo fue tu educación?
-Yo terminé la primaria y largué. Pero a un hijo mío le inculcaría que primero está el estudio y después el fútbol. Hoy veo cosas raras, como que los chicos van a probarse a un club y van con los padres. Es como que los viejos están interesados en sacar provecho de los pibes. Y no es así la cosa.
-¿Qué proyectos tenés fuera del fútbol?
-Pienso jugar hasta los 35 años y terminar en Laferrere. Aunque esté en la C y tenga que ir gratis. Es mi vida y siempre digo que no tenés que estar besando camisetas para demostrar cuánto querés a un club. La única camiseta que voy a besar es la de Laferrere. Eso no quita que deje todo hoy en Banfield.
-¿Después del fútbol, qué?
-Me gustaría estar como ayudante de campo o algo vinculado con el fútbol, porque no me veo trabajando.

SIEMPRE JUNTO A SU PADRE
La lucha por salir de la villa no fue fácil. Francisco, su padre, tuvo que deslomarse repartiendo de garrafas de gas junto a su hijo para poder enderezar el futuro, en una casita de Laferrere. Ahí nació el apodo, y también se estrechó una relación de afecto que siguió creciendo hasta el último minuto de vida de Don Francisco.
“Yo soy profesional, pero también muy familiar. Me voy del club y estoy todo el tiempo con mi familia –resume-. Cuando jugaba en Bella Vista de Montevideo me daban los lunes libres y yo me venía a ver a mi viejo que estaba enfermo. Hay pocos jugadores que hacen eso”.
-¿Qué enfermedad tuvo?
-Cáncer en los pulmones. Sufrió mucho, fueron siete meses duros. Cuando me enteré dije “no juego más”. No quería saber nada, sólo estar al lado de él. Estuvo un mes en casa y después lo internaron. En el hospital no había comodidades, pero dormíamos en el piso de la sala, para cuidarlo. Quise disfrutarlo hasta el final y esas imágenes no me las olvido nunca más. Largué el fútbol por casi diez meses, pero más allá de que mi viejo se haya ido, me queda para toda la vida la tranquilidad de haber estado con él hasta el último minuto.
-En el primer partido, después de la muerte de tu papá le ganaron a Chicago 6-1. Hiciste un gol y hubo un momento de emoción que no todos entendieron…
-Los de Chicago pensaron que los estaba cargando. Festejé el gol adentro del arco mirando al cielo, justo delante de la hinchada de ellos. Me sacaron amarilla, pero solamente yo sabía que en ese momento estaba festejando el gol con mi papá.

El 8 de enero de 2006 José Luis Sánchez murió tras dos días de agonía, luego de caer mientras hacía piruetas con su moto, frente a la puerta de su casa. El volante ofensivo dejó su sello en Laferrere (1993/97 y 2005), El Porvenir (1997/99), Bella Vista de Montevideo (1999/2000) y Banfield, donde se dio el gusto de jugar en la Copa Libertadores.
Tenía 31 años. Una tribuna del estadio de Laferrere hoy lleva su nombre.
El homenaje a Garrafa Sánchez en la plaza que los banfileños le dedicaron al lado del estadio Florencio Sola.

miércoles, 6 de enero de 2016

Me van a tener que disculpar

Eduardo Sacheri y uno de los relatos más extraordinarios y emocionantes sobre los goles de Diego Maradona a Inglaterra en la Copa del Mundo México 1986:

Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas normas, aceptar ciertos preceptos, adecuar su modo de ser a determinadas estipulaciones aceptadas por todos. Seamos más explícitos. Si uno quiere ser un tipo coherente debe medir su conducta, y la de sus semejantes, siempre con la misma idéntica vara. No puede hacer excepciones, pues de lo contrario bastardea su juicio ético, su conciencia crítica, su criterio legítimo.
Uno no puede andar por la vida reprobando a sus rivales y disculpando a sus amigos por el solo hecho de serlo. Tampoco soy tan ingenuo como para suponer que uno es capaz de sustraerse a sus afectos y a sus pasiones, que uno tiene la idoneidad como para sacrificarlos en el altar de una imparcialidad impoluta. Digamos que uno va por ahí intentando no apartarse demasiado del camino debido, tratando de que los amores y los odios no le trastoquen irremediablemente la lógica.

Pero me van a tener que disculpar, señores. Hay un tipo con el que no puedo. Y ojo que lo intento. Me digo: no puede haber excepciones, no debe haberlas. Y la disculpa que requiero de ustedes es todavía mayor, porque el tipo del que hablo no es un benefactor de la humanidad, ni un santo varón, ni un valiente guerrero que ha consolidado la integridad de mi patria. No, nada de eso. El tipo tiene una actividad mucho menos importante, mucho menos trascendente, mucho más profana. Les voy adelantando que el tipo es un deportista. Imagínense, señores. Llevo escritas doscientas sesenta y tres palabras hablando del criterio ético y sus limitaciones, y todo por un simple caballero que se gana la vida pateando una pelota.

Ustedes podrán decirme que eso vuelve mi actitud todavía más reprobable. Tal vez tengan razón. Tal vez por eso he iniciado estas líneas disculpándome.

No obstante, y aunque tengo perfectamente claras esas cosas, no puedo cambiar mi actitud. Sigo siendo incapaz de juzgarlo con la misma vara con la que juzgo al resto de los seres humanos. Y ojo que no sólo no es un pobre muchacho saturado de virtudes. Tiene muchos defectos. Tiene tal vez tantos defectos como quien escribe estas líneas, o como el que más. Para el caso es lo mismo. Pese a todo, señores, sigo sintiéndome incapaz de juzgarlo. Mi juicio crítico se detiene ante él, y lo dispensa.
No es un capricho, cuidado. No es un simple antojo. Es algo un poco más profundo, si me permiten calificarlo de ese modo. Seré más explícito. Yo lo disculpo porque siento que le debo algo. Le debo algo y sé que no tengo forma de pagárselo. O tal vez ésta sea la peculiar moneda que he encontrado para pagarle. Digamos que mi deuda halla sosiego en este hábito de evitar siempre cualquier eventual reproche.

El no lo sabe, cuidado. Así que mi pago es absolutamente anónimo. Como anónima es la deuda que con él conservo. Digamos que él no sabe que le debo, e ignora los ingentes esfuerzos que yo hago una vez y otra por pagarle.

Por suerte o por desgracia, la oportunidad de ejercitar este hábito se me presenta a menudo. Es que hablar de él, entre los argentinos, es casi uno de nuestros deportes nacionales. Para ensalzarlo hasta la estratosfera, o para condenarlo a la parrilla perpetua de los infiernos. Los argentinos gustamos, al parecer, de convocar su nombre y su memoria. Ahí es cuando yo trato de ponerme serio y distante, pero no lo logro. El tamaño de mi deuda se me impone. Y cuando me invitan a hablar prefiero esquivar el bulto, cambiar de tema, ceder mi turno en el ágora del café a la tardecita. No se trata tampoco de que yo me ubique en el bando de sus perpetuos halagadores, nada de eso. Evito tanto los elogios superlativos y rimbombantes como los dardos envenenados y traicioneros. Además con el tiempo he visto a más de uno cambiar del bando de los inquisidores al de los plañideros aplaudidores, y viceversa, sin que se les mueva un pelo. Y ambos bandos me parecen absolutamente detestables, por cierto.

Por eso yo me quedo callado, o cambio de tema. Y cuando a veces alguno de los muchachos no me lo permite, porque me acorrala con una pregunta directa, que cruza el aire llevando específicamente mi nombre, tomo aire, hago como que pienso y digo alguna sandez al estilo de Y, no sé, habría que pensarlo; o tal vez arriesgo un vaya uno a saber, son tantas cosas para tener en cuenta;. Es que tengo demasiado pudor como para explayarme del modo en que aquí lo hago. Y soy incapaz de condenar a mis amigos al tórrido suplicio de escuchar mis argumentos y mis justificaciones para ellos. Por empezar les tendría que decir que la culpa de todo la tiene el tiempo. Sí, como lo escuchan, el tiempo. El tiempo que se empeña en transcurrir, cuando a veces debería permanecer detenido. El tiempo que nos hace la guachada de romper los momentos perfectos, inmaculados, inolvidables, completos. Porque si el tiempo se quedase ahí, inmortalizando a los seres y a las cosas en su punto justo, nos libraría de los desencantos, de las corrupciones, de las ínfimas traiciones tan propias de nosotros, los mortales. Y en realidad es por ese carácter tan defectuoso del tiempo que yo me comporto como la hago. Como un modo de subsanar, en mis modestos alcances esas barbaridades injustas que el tiempo nos hace. En cada ocasión en la que mencionan su nombre, en cada oportunidad en la cual me invitan al festín de adorarlo y denostarlo, yo me sustraigo a este presente absolutamente profano, y con la memoria que el ser humano conserva para los hechos esenciales me remonto a ese día, al día inolvidable en el que me vi obligado a sellar este pacto que, hasta el presente, he mantenido en secreto. Digamos que mi memoria es el salvoconducto para volver el tiempo al lugar cristalino del que no debió moverse, porque era el exacto lugar en que merecía detenerse para siempre, por lo menos para el fútbol, para él y para mí.

Porque la vida es así, a veces se combina para alumbrar momentos como ése. Instantes después de los cuales nada vuelve a ser como era. Porque no puede. Porque todo ha cambiado demasiado. Porque por la piel y por los ojos nos ha entrado algo de lo cual nunca vamos a lograr desprendernos. Esa mañana habrá sido como todas. El mediodía también. Y la tarde arranca, en apariencia, como tantas otras. Una pelota y veintidós tipos. Y otros millones de tipos comiéndose los codos delante de la tele, en los puntos más distantes del planeta.

Pero ojo, que esa tarde es distinta. No es un partido. Mejor dicho: no es sólo un partido. Hay algo más. Hay mucha rabia, y mucho dolor, y mucha frustración acumulada en todos esos tipos que miran la tele. Son emociones que no nacieron por el fútbol. Nacieron en otro lado. En un sitio mucho más terrible, mucho más hostil, mucho más irrevocable. Pero a nosotros, a los de acá, no nos cabe otra que contestar en una cancha, porque no tenemos otro sitio, porque somos pocos, estamos solos, porque somos pobres. Pero ahí está la cancha, el fútbol, y son ellos o nosotros. Y si somos nosotros el dolor no va a desaparecer, ni la humillación ha de terminarse. Pero si son ellos. Ay, si son ellos. Si son ellos la humillación va a ser todavía más grande, más dolorosa, más intolerable. Vamos a tener que quedarnos mirándonos las caras, diciéndonos en silencio “te das cuenta, ni siquiera aquí, ni siquiera esto se nos dio a nosotros”. Así que están ahí los tipos. Los once tuyos y los once de ellos. Es fútbol, pero es mucho más que fútbol. Porque cuatro años es muy poco tiempo como para que te amaine el dolor y se te apacigüe la rabia. Por eso no es sólo fútbol.

Y con semejantes antecedentes de tarde borrascosa, con semejante prólogo de tragedia, va ese tipo y se cuelga para siempre del cielo de los nuestros. Porque se planta enfrente de los contrarios y los humilla. Porque los roba. Porque delante de sus ojos los afana. Y, aunque sea, les devuelve ese afano por el otro, por el más grande, por el infinitamente más enorme y ultrajante. Porque aunque nada cambie allá están ellos, en sus casas y en sus calles, en sus pubs, queriéndose comer las pantallas de pura rabia, de pura impotencia de que el tipo salga corriendo mirando de reojito al árbitro que se compra el paquete y marca el medio.

Hasta ahí, eso sólo ya es historia. Ya parece suficiente. Porque le robaste algo al que te afanó primero. Y aunque lo que él te robó te duele más, vos te regodeás porque sabés que esto, igual, le duele. Pero hay más. Aunque uno desde acá diga “bueno, es suficiente, me doy por hecho”, hay más. Porque el tipo, además de piola es un artista. Es mucho más que los otros.

Arranca desde el medio, desde su campo, para que no queden dudas de que lo que está por hacer no lo ha hecho nadie. Y aunque va de azul, va con la bandera. La lleva en una mano, aunque nadie la vea. Empieza a desparramarlos para siempre. Y los va liquidando uno por uno, moviéndose al calor de una música que ellos, pobres giles, no entienden. No sienten la música, pero van sintiendo un vago escozor, algo que les dice que se les viene la noche. Y el tipo sigue adelante. Para que empiecen a no poder creerlo. Para que no se lo olviden nunca. Para que allá lejos los tipos dejen la cerveza y cualquier otra cosa que tengan en la mano. Para que se queden con la boca abierta y la expresión de tontos, pensando que no, que no va a suceder, que alguno lo va a parar, que ese morochito vestido de azul y de argentino no va a entrar al área con la bola mansita a su merced, que alguien va a hacer algo antes de que le amague al arquero y lo sortee por afuera, de que algo va a pasar para poner en orden la historia y las cosas sean como Dios y la reina mandan, porque en el fútbol tiene que ser como en la vida, donde los que llevan las de ganar ganan, y los que llevan las de perder pierden. Se miran entre ellos y le piden al de al lado que los despierte de la pesadilla. Pero no hay caso, porque ni siquiera cuando el tipo les regala una fracción de segundo más, cuando el tipo aminora el vértigo para quedar de nuevo bien parado de zurdo, ni siquiera entonces van a evitar entrar en la historia como los humillados, los once ingleses despatarrados e incrédulos, los millones de ingleses mirando la tele sin querer creer lo que saben que es verdad para siempre, porque ahí va la bola a morirse en la red para toda la eternidad, y el tipo va a abrazarse con todos y a levantar luego los ojos hacia el cielo. Y hace bien en mirar al cielo, porque no sé si sabe, pero ahí están todos, todos los que no pueden mirarlo por la tele ni comerse los codos.

Porque el afano estaba bien, pero era poco. Porque el afano de ellos era demasiado grande. Así que faltaba humillarlos por las buenas. Inmortalizarlos para cada ocasión en que ese gol volviese a verse una vez y otra vez y para siempre en cada rincón del mundo. Ellos volviendo a verse una y mil veces hasta el cansancio en las repeticiones incrédulas. Ellos pasmados, ellos llegando tarde al cruce, ellos viéndolo todo desde el piso, ellos hundiéndose definitivamente en la derrota, en la derrota pequeña y futbolera y absoluta y eterna e inolvidable. Así que, señores, lo lamento. Pero no me jodan con que lo mida con la misma vara con la que suponen debo juzgar a los demás mortales. Porque yo le debo esos dos goles a Inglaterra. Y el único modo que tengo de agradecérselo es dejarlo en paz con sus cosas. Porque, ya que el tiempo cometió la estupidez de seguir transcurriendo, ya que optó por dejar que los ingleses tuvieran todavía los otros días de su vida para tratar de olvidarse de ese, al menos yo debo tener la honestidad de recordarlo para toda la vida.